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Kalfulemu, el mapuche sin sombra.(1)

 

Recopilado por Berta Kossler, 1962. Narrado por el cacique Abel Kurüuinka.

 

“Fue en el segundo mes de la flor rümü, es decir en el mes de mayo, cuando mi compatriota Naueluén me pidió visitar lo más pronto posible a su amigo Kalfulemu, que estaba por morir en Iako Shaue (Laguna Rosales). El viejo descendiente de cheuelche, que yo conocía grande, hermoso, fuerte, estaba tirado, consumido como bulto de piel y huesos. Una muchacha le daba de tomar de sus pechos, que era lo único que podía tomar. Viendo su fin, me contó lo que le había pasado, más o menos con estas palabras:

 

‘Era en el pillel-küién (2), en la luna mentirosa, que enferma. Yo estaba en el camino de Pukaullu arriba, hacia el cruce de caminos. La noche era clarita, dejaba ver todo muy bien. Y por más que un zorro se me cruzó, que quería advertirme, yo seguí mi camino, que había andado tantas veces, que me sabía de memoria las plantas, las piedras. Hasta la cueva más chiquita conocía: esas cuevas de los zorrinos. A mitad de la subida, ahí donde hay un árbol  solo, donde hay lajas encima de la tierra colorada, vi que la laja más grande se había corrido hacia la cuesta, que las raíces del árbol estaban a flor de tierra , y los arbustos alrededor estaban todos revueltos. ¿Dónde estaban los pozos que sabía haber en la ladera?  En la  chacrita de unos indios, que queda cerca, debía estar atada una cabra, que berreaba fuerte. Y los pájaros grandes, que vuelan de noche no más, que de día buscan comida, justo se levantan del descanso. La montaña y el pueblo estaban tapados de neblina. De repente, todo parecía raro, tan fúnebre, desconocido, que daba miedo.  La  mañana se levantaba del este. Parecía que la luna se había corrido al otro lado de las montañas. Ni el uün allue (muerto del alba, nombre de un insecto) cantaba. ¿Se había hecho ahí una cueva un animal grande? Para mirar alrededor me paré en la laja grande. Empezó a moverse y me hallé en una grieta y después en una hondura más grande, que desde lejos llegaba una luz. Venía de una hondura enorme que rajaba en dos partes la montaña por dentro. Posiblemente era el Katrüte (río que desemboca en el lago Lácar eso, el Katrüte de debajo de la tierra, la roca cortada del Lácar. La laja ya no se vio más, pero veía al chivo peleador que lo montaba una muchacha de Malleo, que yo la conocí. El chivo barbudo ese me obligó a andar para la luz. Me golpeaba, me hacía andar el chivo. Una risa fuerte se podía oír, jaleos, gritos, aullidos. Y, a todo esto, se oía música y gritos de animales salvajes. La grieta se abría más y más, y al fin estuve en una pieza grande, tan grande como el fondo de la cordillera. Estaba temblando yo. Mujeres y muchachas que yo conocía, que estaban desnudas, me tironeaban. Y, de repente, una víbora enorme, que recién se había despertado, estiraba el cogote para donde yo estaba y silbaba muy mala. Las brujas me hacían a un lado, a empujones. Y un sapo, lo mismo, que daba gritos y se me quería subir. Ya sabía yo dónde estaba. En la gruta de los salamanqueros estaba con los inal-mauischa-ché (gente que vive al lado de la montaña). En la renüpülli (salamanca) estaba. En la salamanca de la montaña Llankaue, donde crecen las llankas (piedras semi preciosas) en que los antiguos  sabían cortar perlas. Rápido quise dibujar el sello de Salomón, la estrella de siete puntas sobre la pared de roca colorada. Y empecé a decir el rezo. Y entonces un espíritu malo, de seguro un chauüelli (nombre del demonio, el espíritu más viejo), que tocaba una flauta de canilla de hombre, me mandó con una punta de brujas desnudas que me daban bebidas fuertes, me hacían comer apol (comida elaborada con bofes de cordero o chivo) y me hacía chistes y me encendieron una kütra (pipa) para que fume yo, en la boca me la pusieron. Y me ofrecían una cama para acostarme mientras que una víbora peluda se me enroscaba al pecho y no se quería dejar sacar, que parecía una guardia para que yo no me escape. Por todos lados había conocidos, que se mostraban, que se hacían los desconocidos y no me venían a ayudar, aunque los llamaba por su nombre. Yo veía al nguenpiru (el que realiza ensalmos para arrojar los gusanos de un organismo vegetal o animal enfermo),  al kurampín (el  que cura por la palabra),  que siempre me curaba los caballos cuando tenían bichos. Vi finados abuelos que tenían como cien mil años.  Los intestinos de las montañas veía, los del Llanma, los del Trompül que está enfrente, los del Lanín, los del Chapelco. Pero mi corazón se ponía cada vez más triste. Por mil caminos había ido en mi vida, pero éste  era el más amargo, por más que brillaron las luces, y el oro; había cantidades enormes de oro y muchos tesoros por todos lados. Pero yo tenía un miedo espantoso, que vi que en las paredes goteaba la sangre de la tierra, a veces más clara, otras veces más oscura, que la lamían los perros y nunca se hartaban. Esa era sangre derramada por venganza. Yo me tambaleaba; el tabaco era de hacer dormir. Suavecito me llevaron sobre una punta de pieles, que casi me hundía. Y de repente vi que se me acercaba el maestro de los salamanqueros, el gran guerreo Ankatrür, el rey del mundo de abajo, que su Kempeñ es el Iuan del cielo, que lo protege con sus cuatro patas y su cabeza, que siempre lo acompaña brillando en el cielo. Que era un salamanquero, lo sabían los de su tiempo, como mi chau (padre o hermano mayor), porque no tenía sombra ni cuando caminaba al sol. También ahora estaba sin sombra, y cuando se acercó a los que me sujetaban, con los ojos furiosos que le brillaban de colorados, perdí el sentido: un dolor fuerte me atravesaba, dolor de muerte. Cuando me recobré, me hallé aquí a las orillas del Iako Shaue, cerca de la ruka (casa) de mi amigo, que me invitó a quedarme. Pero yo estoy condenado: en la gruta me han sacado mi sombra, para hacer espíritus. Porque mire: lo mismo que un picaflor que agarra las almas de los recién muertos para dárselas a su patrona por no haberlo mandado al mundo de abajo, lo mismo los salamanqueros agarran sombras de desgraciados para aumentar la sombra, que les acaba, para hacer espíritus. Yo me muero, sin sombra no he de vivir yo, la fuerza me ha dejado, desalmado está mi cuerpo. Nunca hallé la entrada a la cueva para buscar mi sombra. El invierno tapó las rocas con nieve; pasto creció encima y hongos, y se secaron. Un regalo encontré debajo de mi manta: estos dos tupu de oro (prendedor), como los usan las mujeres, porque ahora soy de ellas; un hombre sin sombra no es hombre. Como usted es mi cacique te las regalo. Y para decirte adiós hasta que nos veamos en el mundo de abajo (3).’

Kalfulemu murió el mismo día. El regalo, los dos tupu del tamaño de platos, trabajo raro, que brillan como oro,  ahora sirven para las mantas de las mujeres. No quedó más del hombre que no podía vivir sin sombra. Yo relaté lo sucedido como pasó. ¿Habrán salamanqueros que agarran sombras ajenas? Triste terminó Kalfulemu. Y Naueluén tenía que contarme esto:

 

‘Ahora estamos en la segunda luna de la flor rümü. Desde fines del pillelküien (septiembre), del mes malo, mi amigo estaba echado en mi ruka (casa). Una mañana temprano, que todo estaba escarchado, los perros asustados nos avisaron. Así  fue que encontramos a mi amigo, que no hacía mucho yo lo había visto sano y bueno en su  ruka, en Mata Molle, un hombre grande, fuerte, que no podía negar que venía de cheuelche. Como bulto sangriento lo hallamos, que no solo tenía una herida en la cabeza. Todo el cuerpo tenía rasguñado y mordido. Además, durante días estuvo sin sentido. Estaba vestido con esta antigua manta de piel, que hoy día nadie conoce ni usa. Debajo hallamos los dos tupu, del mismo tiempo antiguo, que antes usaban las mujeres de los ülmen (jefes, hombres nobles), que por eso te los regaló, para tus mujeres. En mi casilla de al lado del lago se recobró. Entonces lo trajimos aquí para cuidarlo. Contaba del robo de su sombra siempre  como hoy  te contó, nunca cambió una palabra. Cuando pudo caminar, muchas veces se paraba al sol. Y se ponía triste de no ver su sombra, porque era salamanquero entonces, de las brujas era, de las que viven en las cuevas de debajo de la tierra. Poco a poco, de pena se fue muriendo no más; de pensar que después de muerto tenía que vivir y servir en el mundo de abajo, le quitaba la tranquilidad, porque ahora tenía que morirse, que entregaría su segunda parte a los salamanqueros.  Cien veces dibujé el sello de Salomón sobre esta pared, siempre hemos rezado rezos, pero él no se tranquilizó, mucho dolor tiene en la cara, todavía ahora, después que murió’.

Con esto terminó de contar Naueluén, y el mismo día enterramos al finado, a orillas del Iako Shaue.”

 

(1)El texto fue traducido del alemán por Ingerborg Mühlhäuser para  Tradiciones Araucanas.

(2)N. de los A. Septiembre. Mes engañoso. Causa enfermedades. Literalmente: ‘luna que engaña’

(3)“La cosmovisión mapuche concibe al universo en siete plataformas: un cielo wenu-mapu, dividido en cuatro plataformas, meli ñom wenu, que son benéficas porque allí residen los dioses, espíritus y antepasados; entre las nubes y la tierra, se encuentra una plataforma intermedia, anka-wenu, maléfica, pues en ella habitan los wekufü (espíritus maléficos); en mapu (la  tierra), penúltima plataforma inferior, residen los hombres, coexistiendo el bien y el mal.  Finalmente minche-mapu, es la tierra de abajo, la plataforma inferior, considerada sobrenatural y maléfica, poblada de seres diminutos malignos. El conjunto se orienta horizontalmente hacia los cuatro puntos cardinales. Lo bueno viene del oriente y del sur,  y lo malo del oeste y del norte. En el este habitan los señores que dominan la fuerza, newen que es la salud y la vida. Las ceremonias, y  muchas veces las viviendas, se orientan mirando hacia esa dirección , porque de allí viene lo bueno, y no porque haya un culto solar. Los señores del sur son los dueños de la sabiduría  gülman. El oeste es el país de los muertos. El norte es una región funesta porque allí viven los demonios” (Catalina Saugy, 1982, p. 36) 

 

Bibliografía:

Koessler, Berta. Cuentan los araucanos, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Tradiciones Araucanas, tomo I, Buenos Aires, Instituto de Filología, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de la Plata, 1962.

Saugy, Catalina. “Los mapuches argentinos en la actualidad”, en    Cultura Mapuche en la Argentina, Buenos Aires, Ministerio de Cultura y Educación, 1982.

 

Texto extraído de “Cuentan los Mapuches”,   César A. Fernández, Ediciones Nuevo Siglo, 1995.