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Jorge Luis Borges

 Nací en el corazón de esta ciudad en el año 1899, en la calle Tucumán, entre Suipacha y Esmeralda. La casa, que pertenecía a mis abuelos maternos  era pequeña y sin pretensiones. Como todas las viviendas de esa época tenía una azotea, un zaguán, un aljibe de donde sacábamos el agua y dos patios. Seguramente nos mudamos al poco tiempo a los suburbios de Palermo, ya que de ahí surgen mis primeros recuerdos de otra casa con dos patios, un jardín con un alto molino de viento, y del otro lado del jardín, un terreno baldío. Estaba ubicada en la calle Serrano, casi esquina con Guatemala. 

 La mayor parte de mi juventud transcurrió de puertas adentro. Al no tener chicos amigos, mi hermana y yo creamos dos compañeros imaginarios llamados, por una u otra razón, Quilos y Molino. Finalmente, cuando nos aburrimos de ellos, le dijimos a nuestra madre que habían muerto. Siempre fui muy corto de vista, usaba lentes y era bastante frágil. Como la mayor parte de mis familiares habían sido soldados (hasta el hermano de mi padre fue oficial naval) y yo sabía que nunca podría serlo, a muy temprana edad me sentí avergonzado por ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción. Durante toda mi infancia pensé que ser querido era una forma de injusticia. No creía merecer ninguna especie de cariño y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza porque todos acumulaban regalos sobre mí, que yo creía eran absolutamente injustificados, y me sentía una especie de impostor. Luego de pasados los treinta, me recuperé de ese sentimiento.

En casa, hablábamos en inglés y en español. Si me preguntaran cuál ha sido el principal acontecimiento de mi vida contestaría que fue la biblioteca de mi padre. De hecho, a veces pienso que nunca he salido de ella. Todavía puedo verla. Era una habitación exclusiva, con estanterías protegidas por cristales donde reposaban varios miles de volúmenes. Siendo tan corto de vista, me he olvidado de la mayoría de las caras de aquel tiempo (quizá, aún cuando pienso en mi abuelo Acevedo estoy pensando en una fotografía suya) y sin embargo recuerdo de forma muy vívida los grabados en acero de la Enciclopedia Chamber y de la Britannica. La primera novela que leí completa fue Huckleberry, Finn. Después Roughing It y Flash Days in California. También leí los libros del capitán Marryat, Los primeros hombres en la Una, de Wells, Poe, una edición en un volumen de Longféllow, la isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Los días escolares de Tom Brown, Cuentos de Hadas de los Grimm, Lewis Carrol, Aventuras del señor Verdant Green, de Bradley (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches en la versión de Burton. La traducción de Burton era considerada obscena y por lo tanto estaba prohibida. Tuve que leerla a escondidas en la azotea. Pero en aquella época yo estaba tan entusiasmado con lo mágico que no prestaba atención a las partes censurables y leía los relatos sin conocimiento de alguna otra significación. Todos los libros mencionados los leí en inglés. Cuando más tarde leí Don Quijote en español, tuve la sensación de que estaba mal traducido. Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras doradas de las ediciones Garnier. En algún momento la biblioteca de mi padre fue desbaratada, y cuando leí el Quijote en otra edición me pareció que no se trataba del verdadero libro. Después un amigo me consiguió la edición publicada por Garnier, con los mismos grabados en acero, las mismas notas al pie y las mismas erratas. Todas esas cosas son para mí el libro, lo que yo considero el verdadero Quijote.

Empecé a escribir a los seis o siete años. Trataba de imitar a los escritores clásicos españoles, por ejemplo Miguel de Cervantes. He escrito, en un inglés muy pobre, una especie de manual sobre mitología griega, sin duda un plagio de Lempriére. Esta fue probablemente mi primera aventura literaria. Mi primera historia fue una especie de absurdo a la manera de Cervantes, un antiguo romance titulado La visera fatal. Escribía en cuadernos en forma muy prolija. Mi padre jamás interfería. Quería que cometiera todos los errores que fueran necesarios Una vez me dijo: "Son los hijos los que educan a los padres y no al revés". A los nueve años aproximadamente, traduje El príncipe feliz de Oscar Wilde, y el trabajo fue publicado en el diario El País. Al firmar sólo "Jorge Borges", la traducción se la adjudicaron a mi padre.

           ars poética

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